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AMA SI VA POR LA GOBERNATURA
AMA SI VA POR LA GOBERNATURA
EL ORDEN MUNDIAL ESTÁ ROTO
ADÁN AUGUSTO, LAS MANOS DE MICHOACÁN
TRANSFORMANDO AYUDA HUMANITARIA
LA VERDAD EN LOS TIEMPOS DEL LIKE
AMA SI VA POR LA GOBERNATURA
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EL ORDEN MUNDIAL ESTÁ ROTO
ADÁN AUGUSTO, LAS MANOS DE MICHOACÁN
TRANSFORMANDO AYUDA HUMANITARIA
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EL ORDEN MUNDIAL ESTÁ ROTO
ADÁN AUGUSTO, LAS MANOS DE MICHOACÁN
TRANSFORMANDO AYUDA HUMANITARIA
LA VERDAD EN LOS TIEMPOS DEL LIKE
AMA SI VA POR LA GOBERNATURA
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EL ORDEN MUNDIAL ESTÁ ROTO
ADÁN AUGUSTO, LAS MANOS DE MICHOACÁN
TRANSFORMANDO AYUDA HUMANITARIA
LA VERDAD EN LOS TIEMPOS DEL LIKE

De todo se ha visto y leído luego de la ya suficientemente conocida extracción de Nicolás Maduro en Venezuela. La escena más cercana a una operación de fuerza que a un acto diplomático —abrió un nuevo capítulo en la ya compleja relación entre poder, legalidad internacional y democracia. En los días posteriores, analistas, opinadores y actores políticos se han concentrado en la autopsia de los hechos, en la prestidigitación de escenarios y en la especulación geopolítica. Todo válido. Pero insuficiente.
Hay algo más profundo que conviene rescatar desde la política, porque —aunque a algunos académicos les incomode— absolutamente todo, todo, pasa por el midiendo de la política y por la construcción de intereses. Y en ese punto, la discusión central no es Maduro, ni siquiera Venezuela. La discusión es el multilateralismo y su erosión acelerada.
Tras los sucesos venezolanos, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, anunció el retiro de su país de organismos internacionales, incluidos muchos vinculados al sistema de Naciones Unidas. Entre los organismos afectados, casi la mitad forman parte de la arquitectura multilateral construida tras la Segunda Guerra Mundial: instancias de derechos humanos, cambio climático, desarrollo, ciencia y evaluación de políticas públicas.
La Casa Blanca justificó la decisión con un argumento simple y directo: esas entidades “ya no sirven a los intereses estadounidenses” y promueven agendas ineficaces o abiertamente hostiles. En el memorando presidencial fechado el 7 de enero, Trump ordena a las agencias federales ejecutar la retirada “lo antes posible”. Traducido al lenguaje llano: Estados Unidos decide jugar sin árbitros cuando el partido ya no le resulta cómodo.
Aquí conviene hacer una pausa. Más allá de simpatías o rechazos hacia Trump, ningún sistema democrático sano puede sostenerse sin marcos de referencia, sin límites y sin organismos a los cuales supeditar su actuación frente a otras naciones. El problema no es que una potencia defienda sus intereses; el problema es cuando decide que solo sus intereses importan.
Paradójicamente, algunas de las reacciones más acaloradas tras esta crisis provienen de gobiernos progresistas de la región. Luiz Inácio Lula da Silva y Claudia Sheinbaum reafirmaron el pronunciamiento conjunto, su defensa del multilateralismo, del derecho internacional y del libre comercio, subrayando su interés en continuar cooperando con Venezuela en la búsqueda de la paz, el diálogo y la estabilidad regional.
No es un detalle menor. En tiempos de polarización extrema, resulta saludable que desde América Latina se reivindique el valor de las reglas comunes. Porque el multilateralismo no es una ideología: es un mecanismo de contención del poder, una forma civilizada de procesar conflictos y de medir el desempeño de los Estados más allá del relato oficial.
Ahora bien, sería intelectualmente deshonesto señalar únicamente a Washington. A lo largo de las últimas décadas, muchos gobiernos de izquierda en América Latina han renunciado —por conveniencia, por cálculo político o para evitar cifras incómodas— a someterse al arbitraje y la evaluación de los organismos multilaterales. Derechos humanos, libertad de expresión, calidad democrática, transparencia institucional: cuando los indicadores no favorecen, se desacredita al mensajero.
El resultado es el mismo, venga de donde venga: menos controles, menos información confiable y más discrecionalidad. Y cuando la política se desacopla de los datos, la democracia entra en terreno pantanoso.
Gobernar sin evaluación externa puede ser cómodo, pero nunca es virtuoso. Los organismos multilaterales cumplen una función que a menudo se subestima: poner números donde hay discursos, estándares donde hay propaganda y comparaciones donde hay autoselección. No gobiernan, no votan, no sustituyen la soberanía popular. Pero incomodan. Y esa incomodidad es, precisamente, una de sus mayores virtudes democráticas.
En América Latina, donde la tentación del caudillismo sigue viva —izquierda y derecha—, debilitar estos organismos equivale a quitarle el termómetro al paciente porque no nos gusta la fiebre. El problema no desaparece; solo deja de medirse.
Volver al multilateralismo no implica idealizarlo. Las instituciones internacionales necesitan reformas, modernización y mayor representatividad. Pero abandonarlas o vaciarlas de contenido nos conduce a un mundo más arbitrario, menos previsible y, en última instancia, menos democrático.
Un mundo sin organismos multilaterales fuertes no es un mundo más libre; es un mundo donde manda el más fuerte. Y la historia latinoamericana demuestra que ese nunca ha sido un buen negocio para la región.
Tal vez el multilateralismo no sea perfecto, pero sigue siendo el mejor sistema que hemos encontrado para ordenar lo global —que no todo vale, que no todo se puede y que no todo se decide por la fuerza. En tiempos de líderes que prefieren jugar solos, conviene recordar que la democracia también se construye con reglas, árbitros y espacios comunes.
Sin ellos, la política deja de ser orden y se convierte en improvisación. Y ya sabemos cómo terminan, casi siempre, las improvisaciones en el poder.
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