AMA SI VA POR LA GOBERNATURA

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EL ORDEN MUNDIAL ESTÁ ROTO

ADÁN AUGUSTO, LAS MANOS DE MICHOACÁN

TRANSFORMANDO AYUDA HUMANITARIA

LA VERDAD EN LOS TIEMPOS DEL LIKE

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La rivalidad no es a muerte: una lección política desde el fútbol

En el fútbol hay rivalidades clásicas que nos ofrecen una imagen ejemplar de lo que la política parece haber olvidado: la posibilidad de una rivalidad intensa que no destruya el vínculo humano. Jugadores que se enfrentan con fiereza en la cancha —defendiendo equipos contrarios— pueden compartir amistad, respeto y proyectos comunes fuera de ella. Esta convivencia del conflicto con la amistad es una gran lección política.

La primera enseñanza es clara: el adversario no es el enemigo. En el campo, el rival existe para ser vencido, no para ser aniquilado. Sin rival no hay juego. En política, sin oposición no hay mérito. Cuando esta lógica se pierde y el adversario es convertido en traidor, corrupto o amenaza existencial, el espacio democrático se colapsa. La política deja de ser competencia de proyectos e ideales y se convierte en guerra moral.

El segundo punto tiene que ver con la lealtad. El futbolista es leal a su club mientras dura el contrato; entiende que la camiseta es una institución transitoria. La amistad, en cambio, se construye en otro plano: el de la experiencia compartida, el esfuerzo común, la vulnerabilidad. En la política moderna ocurre lo contrario: los partidos exigen lealtades absolutas, casi identitarias, y penalizan cualquier vínculo con el “otro bando”. Así, la militancia sustituye a la ética, y el partido reclama lo que solo debería pertenecer a la conciencia.

Un tercer elemento aparece cuando los rivales se convierten en compañeros en la Selección Nacional. Ahí no desaparecen las diferencias, pero se subordinan a un marco común más amplio. Esta experiencia funciona como una metáfora del Estado democrático: un espacio que no elimina la pluralidad, sino que la articula. Cuando el Estado se vuelve facción, o cuando un proyecto político pretende encarnarlo por completo, se rompe esa función integradora y la política se tribaliza.

También es crucial entender que la competencia bien entendida produce excelencia. En el fútbol, los grandes clásicos elevan el nivel de juego; obligan a pensar, a entrenar mejor, a reconocer al otro como un competidor legítimo. En política, el pluralismo cumple la misma función: obliga a argumentar, a corregir errores, a rendir cuentas. El pensamiento único, como el partido único, empobrece.

Finalmente, hay una paradoja inquietante: muchas veces los jugadores —los protagonistas directos del conflicto— se respetan más que los aficionados. Algo similar ocurre en política: las élites pueden dialogar, mientras las bases se radicalizan. Cuando el discurso público se alimenta de agravios permanentes, se destruyen los puentes informales de confianza que hacen posible cualquier acuerdo.

El fútbol nos recuerda que el conflicto no es el problema; la deshumanización del adversario sí lo es. Una política madura no aspira a eliminar al rival ni la rivalidad, sino a civilizarla. Como en un buen partido: intensidad sin odio, competencia sin exterminio y victoria sin humillación.

En tiempos de polarización extrema, esta lección aparentemente trivial resulta profundamente política. Una democracia sin respeto entre rivales, termina sin respetarse a sí misma.

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